Revuelto de entrañas

Era un revoltijo sin trabar.

Un manojo de eso-que-llaman-sentimientos imposible de agarrar, incluso con las dos manos.

O no, tal vez eran pensamientos.

Eran “cosas” que le revolvían las entrañas.

Un revoltijo de huevo con ajos tiernos, decían en su casa.

Un atajo de mentiras racionales que sabía a mata y maleza, a cenizas y a enredo.

Escupió.

Se limpió la boca. Y se miró al espejo.

Advirtió que lo único que salía de su cabeza era pelo enredado.

Era un revoltijo sin trabar.

Empezó a peinarse.

 

http://lamonomagazine.com/las-wawas-sentimientos-enredados/#.U1QdrlV_vp0

 

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El suicidio del corazón

(microrrelatos para pasar el rato)

Al verlo, no tuvo más remedio que agacharse. “Pobre pequeño”. Sangraba por los cuatro costados; lógico, era un corazón.

Había visto vísceras de todo tipo desde que aquel día optó por montar su casa en pleno centro de Londres, sirviéndose de cuatro cartones malolientes. Riñones, hígados, intestinos viscosos. La calle era para todos, vivos y muertos. Sin exclusión. Pero un corazón…nunca lo hubiera imaginado. Entendía a los moribundos cerebros que se precipitaban hacia el río desde sus balcones, en un intento desesperado de acabar con un sufrimiento que se alimentaba de cada pensamiento obsesivo, de cada preocupación insana. Incluso empatizaba con los estómagos que acababan con su vida, cansados de digerir palabras necias.

Cogió un trapo y comenzó a limpiar el suelo –al fin y al cabo, estaba dentro del perímetro de su aireada casa-. “Zas”. Algo le había golpeado en la cabeza. Era el diario sensacionalista londinense. “El órgano vital”, se llamaba. De pronto se dio cuenta de lo desconectado que estaba de la realidad. En una visión dañada por el papel aguado se intuía un titular: “El suicidio del corazón, un asunto al rojo vivo”. No supo reaccionar. Se quedó helado. Una sensación extraña que no solía experimentar, puesto que él también era un corazón.

(imatge d’Alba Wäwä)