Banderas, un super-gato

Ir a ver “El gato con botas” en un día lluvioso puede resultar bastante irónico. Ahí estábamos los interesados, ataviados con los vestidos marginales e indefinibles del armario (ni de invierno ni de verano) y el calzado al estilo esto-es-el-fin-del-mundo, esperando a que un tempranero cine Icaria nos abriera sus puertas. También con el deseo de poder refugiarnos de la llovizna. Algunos habíamos almorzado ya, otros esperaban poder hacerlo con las psicodélicas gafas de las tres dimensiones. Una sesión matutina y singular, sin intención de énfasis. Verdad verdadera.

Y así de real y humano resulta ser el protagonista homónimo de “El gato con botas”, en su versión hispana. Tras acostumbrarme al incómodo ceceo del minino, disfruté de las aventuras de este personaje secundario de Shrek que ha conseguido alzarse, por fin, con un papel protagonista, después de que el público lo descubriera en la saga del ogro verde y quisiera más. La misma suerte no parece correr con su compañera de reparto, Kitty “Zarpas suaves”, el acento mexicano de Salma Valgarma Hayek, quien no logra empatizar como Banderas con su personaje animado.

Sin duda, el elemento que me mantuvo enganchada a la pantalla fueron las gafas. Y no solo físicamente. El efecto 3D es un éxito en “El gato con botas”. Miles de paisajes e imágenes ilusorias sumergen de lleno en las persecuciones, gestos y diálogos, exceptuando algún objeto borroso que se presenta demasiado cercano a la vista.

Y otro de los fuertes es precisamente este último; el diálogo. Las conversaciones entre los malos, los bandidos Jack y Jill, son buenísimas. Junto al final semi-cerrado, es el ingrediente clave para considerarla una película apta para adultos.

Por suerte, al salir del cine, ya ni siquiera chispeaba. Pero no podíamos quitarnos las botas…tampoco de la cabeza. Una peli que mezcla la previsibilidad de los referentes clásicos con la sorpresa de la novedad. Sobre todo, entretenida, sin pretensiones.

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