Dystopia

Veo esta fotografía y me entran ganas de vomitar. Una fuerza sobrenatural me obliga a ponerme frente al ordenador y volcar todas las sensaciones que se han colado en mi mente, y que van a un ritmo más acelerado del que se mueven mis dedos por el escurridizo teclado. Estos, atados a mis pensamientos pero con ganas de escapar, tal y como ocurre con los apéndices de la protagonista de la imagen.

Es la serie Dystopia, del fotógrafo Jamie Baldridge. La encontré hace un par de días en Lamono magazine. “Dícese de la utopía perversa donde la realidad transcurre en términos opuestos a los de una sociedad ideal…”.

“Utopía perversa”. Antes de aproximarme a Baldrigdge, esta afirmación me hubiera resultado paradójica, ya que el primer concepto me lleva a pensar siempre en positivo. Ahora, una vez captado su mensaje (el que yo personalmente interpreto, no el único, por supuesto), comprendo que se trata de un gran oxímoron plástico que fuerza al nacimiento de un nuevo significado.

“…Término antónimo de utopía que se usa principalmente para hacer referencia a una sociedad ficticia (frecuentemente emplazada en el futuro cercano) donde las tendencias sociales se llevan a extremos apocalípticos”.

Tres son los conceptos que guían al espectador hacia las profundidades de la imagen: “nostalgia”, “memoria” y “barroquismo francés”. Así lo explica la revista, que, además, habla de “ciencia ficción”. Parece que los primeros son más fáciles de percibir. El cuarto, sin embargo, requiere un proceso deductivo –o inductivo, según se mire.

La protagonista podría llamarse perfectamente Victoria. O Helena -la“h” imprime un carácter más arcaico al mensaje-. Se encuentra en un momento de éxtasis sensorial y artístico. En la filosofía del arte, se diría que es el instante en que el genio se manifiesta. La pulcritud que se respira en escena, favorecida indudablemente por el color blanco, conduce a la idea de libertad. No obstante, dos elementos distorsionan la musicalidad del momento. El primero, explícito: se trata de la jaula, que consigue agobiar hasta al propio espectador. El otro, más sutil, son los hilos, que, objetivamente, atan los dedos de Victoria Helena a las plumas.

Pero sin los dos símbolos represores del movimiento –físico, además de metafórico-, el observador no consigue ver lo sublime que se desprende de la imagen. La idea global de libertad, de belleza formal, se complementa con elementos aparentemente opuestos. Se representa una mente que, a pesar de estar atrapada y silenciada, logra materializar sus pensamientos a través de unas plumas. El producto final, unos dedos bailando al son de la intuición. Una situación catastrófica provoca el renacer de lo bello. El arte y el no-arte. Un todo inseparable.

No me canso de ver esta imagen. Es por su completitud. Y por su belleza. “Distopía”, el tercer concepto que surge al sumar “utopía” y “perversión”, es una mezcla de imaginación y maldad, del deseo manchado por la locura, de extremos que se tocan. Es realidad.

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