Límites

A quién no le encanta rozar el límite. Jugar a la pata coja, cada vez con un pie; columpiarse en la cuerda floja sin caer. Empujarse desde lo políticamente correcto hasta lo prohibido, y perder el control y la noción moral.

Los límites están para pisarlos. Para borrarlos. Para volverlos a dibujar. ¿Qué sería de la vida sin límites? Como un polígono sin aristas, una casa sin paredes. O una puerta sin topes. Sería desorientación, surrealismo. Nos los marcan para que no lleguemos a ellos. Pero también nos los recuerdan cuando nos sentimos atrapados en este angosto recipiente que es la rutina. Son principio y meta, castigo y pecado regalado. El dilema llega cuando, al traspasarlos, comprendemos que podría no haber más, o haber demasiado. En el fondo, no sabríamos vivir sin ellos.

Escoger entre la cara o la cruz nunca resulta fácil. Por eso lo echamos a suertes. Es divertido saltar del blanco al negro, del negro al blanco. Pero no lo es tanto permanecer demasiado tiempo en uno de los dos bandos. Nos gusta emborronarnos. La libertad. El salto en sí.

Límites. Aquellas líneas continuas que se trazan con discontinuidad, donde todo cabe. Justo en el medio, entre la represión y el autocontrol, la pasión y la ternura, en definitiva, entre el bien y el mal; ahí hay un hueco. En el término medio está la virtud, y también el límite, la transgresión.

¿Dónde nos quedamos? Algunos dirán que en la casilla del bien; otros, que quieren pasarlo bien (que es diferente). La verdad es que hasta el círculo vicioso tiene sus límites, aunque estos sean tan escurridizos. Al final, somos nosotros quienes dibujamos nuestra propia cárcel. Pero siempre queda carboncillo para un par de salidas de emergencia.

fotografía de Belén Segarra

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Sentir que lo sentimos

Entiendo perfectamente a la gente que se escandaliza al oír la palabra “sentimiento”, a la que se le ponen todos los pelos de punta cuando conjuga el verbo “sentir”.  Porque, al fin y al cabo, ¿quién podría definir algo tan complejo?

Nos pasamos la vida etiquetando sentimientos como si de latas de comida en un piso estudiantil se tratase. Ocupamos cada segundo intentando definir la esencia, luchando por conservar el frescor de cada instante. Y no lo conseguimos, porque, cuanto más cerca creemos estar de este fin, más lo estamos también de la utopía.

El sentir no se explica, al menos no hoy, para mí, en este blog, en este preciso momento. El sentir… se siente. Se vive, se disfruta, se muerde, se besa. No se deja escapar. Porque es durante ese tiempo en que estamos pensando cuando la oportunidad echa a correr y sale por la puerta. Las emociones también tienen miedo al compromiso.

Vale la pena apostar, arriesgar. Odio los tópicos, pero es así. Subir a las nubes es más fácil de lo que nos creemos. Hasta el más romántico de los momentos debería tener un sabor, un olor. Tiene que existir un “algo” que nos ruborice, nos haga temblar o nos dé la corriente. Vale la pena dejar de hablar para ir a buscarlo. Vivamos por un momento en la experiencia; solo así vibraremos al pronunciar cada una de sus letras. Y ya no lamentaremos, no sentiremos haber sentido. 

(mode “mendetz” on)

 

Pensamientos irreversibles

“Irreversible: que no es reversible”. La RAE. Pues vaya ayuda… Cuando buscas un significado más aproximado de una palabra que, de por sí, te está comportando demasiada inquietud mental una mañana, hasta la RAE te falla.

El mundo tiene demasiados pensamientos. La gente se aprovecha de ellos para justificarse, escudarse, rendirse, “sadomasoquizarse”, rendirse otra vez… Hay sentimientos que sirven para eludir otros sentimientos.

En mitad de todo este desorden, en un rinconcito del armario, se encuentran los pensamientos reversibles. Nos miran inseguros, pendientes de nuestra aprobación, de nuestra interpretación. No se fían de nosotros. Un día, nos apetece combinarlos con el rencor; otro, los sacamos con la esperanza de que luzcan más espléndidos que nunca. Son contenido y contingente, son de todos los colores. Sí, la verdad es que son útiles.

Aunque no sean demasiado auténticos aparentemente, forman parte de nuestro vestuario. Y, sobre todo, tienen una función vital; saben apartarse y dejar hueco cuando llega uno de los fuertes, de los desafiantes, de los irreversibles. Los pensamientos que no nos harán cambiar jamás de idea, o que nos la hacen cambiar para siempre. Este es el gran momento del día. Porque hay sentimientos que combinan con todo. 

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 IЯЯƎVƎЯSIBLƎ (2002)

Marzo lindo

Qué rápido se cuela el tiempo entre mis dedos. Pero no empezaré por aquí. Hoy quiero hablar de mi marzo lindo y querido, porque, un año más, vuelve a adornar con su sonrisa mi pared. Y lo pienso atrapar. Aunque sea con chinchetas.

Cada mes de marzo, lo mismo. Bostezos de una primavera que no acaba de llegar, pero que deseo tanto, tantísimo. El calendario empieza a madrugar, a quitarse las legañas de los ojos; a vivir. Y es que, después del frío invierno -cada vez son más largos-, es precioso ver cómo Marzo estrena ese vestido de flores, o esa corbata rosa chicle. Y cómo mira por el balcón con frescura. Marzo es como el amante que se cuela en la habitación sin que te des cuenta. El que se queda a dormir.

Marzo no tiene complejo de pies; duerme sin calcetines y sin edredón que los cubra. Tiene más dedos que los otros meses. Es porque los sabe utilizar. Por eso se los merece. Los necesita. Para no olvidarse de los efervescentes momentos que se tatúan sin querer queriendo en su suave y caprichosa piel.

Marzo siempre con una sonrisa. ¡Marzo, Marzo, Marzo! Ya no hace falta que te invoque. Acabas de entrar. Te oigo susurrar… Te quiero a ti, Marzo.

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El suicidio del corazón

(microrrelatos para pasar el rato)

Al verlo, no tuvo más remedio que agacharse. “Pobre pequeño”. Sangraba por los cuatro costados; lógico, era un corazón.

Había visto vísceras de todo tipo desde que aquel día optó por montar su casa en pleno centro de Londres, sirviéndose de cuatro cartones malolientes. Riñones, hígados, intestinos viscosos. La calle era para todos, vivos y muertos. Sin exclusión. Pero un corazón…nunca lo hubiera imaginado. Entendía a los moribundos cerebros que se precipitaban hacia el río desde sus balcones, en un intento desesperado de acabar con un sufrimiento que se alimentaba de cada pensamiento obsesivo, de cada preocupación insana. Incluso empatizaba con los estómagos que acababan con su vida, cansados de digerir palabras necias.

Cogió un trapo y comenzó a limpiar el suelo –al fin y al cabo, estaba dentro del perímetro de su aireada casa-. “Zas”. Algo le había golpeado en la cabeza. Era el diario sensacionalista londinense. “El órgano vital”, se llamaba. De pronto se dio cuenta de lo desconectado que estaba de la realidad. En una visión dañada por el papel aguado se intuía un titular: “El suicidio del corazón, un asunto al rojo vivo”. No supo reaccionar. Se quedó helado. Una sensación extraña que no solía experimentar, puesto que él también era un corazón.

(imatge d’Alba Wäwä)