Del valor de las cosas

Imagino que me dan un trozo del famoso pastel de galletas que hace mi tía. Ese que comienza con una capa de las famosas María, y que sigue cubriéndose de exquisito chocolate, así sucesivamente. Llevo tanto tiempo sin comerlo que, nada más pensar en él, se me hace la boca agua. La vida del joven independiente tiene estos pequeños handicaps que, bueno, se recuerdan muy de vez en cuando, todo sea dicho.

La cuestión es que hay dos formas de saborear ese pedacito de pastel. Y la metáfora se puede extrapolar perfectamente a cualquier otra situación cotidiana. Es como un abrazo, un guiño, una sonrisa. El valor lo pone cada uno. Para los que tienen el problema o la suerte de haber nacido sensibles, entre los que me incluyo, la elección debe ser la acertada. Y debe hacerse en solitario, sin estar rodeada de impasibles que puedan modificar el trascurso de los hechos debido a su falta de tacto. Y añadir un toque de racionalidad.

Parece imposible que, asimilar tanto cada detalle, cada gesto, pueda resultar productivo. Lo cierto es que desgasta, y bastante. La imaginación, las expectativas, las futurizaciones… son armas de doble filo. Muy afiladas. Pero llegan sin avisar. Tras una asimilación positiva, el mecanismo frenético de los soñadores entra en funcionamiento. Que si ha querido decir esto, lo otro. El mundo se para y el resto de pensamientos no existen, en absoluto. Qué bello, esto, dicho sea de paso.

Encontrar el equilibrio en la sensibilidad puede resultar perverso, coactivo. Pero será precioso. La fórmula, tal vez: centrarnos solo en captar lo bueno que recibimos, y ponerle un límite a nuestra capacidad imaginativa de analizarlo. Permitirnos sentir ese leve cosquilleo que salta como un automático tras el impulso, y llegar a conservarlo así, fresco, como recién horneado.

Comernos toda la tarta de un bocado no servirá. La teoría dice que lo ideal sería racionalizarla a trocitos, comerla tranquilamente, para que no se acabe tan rápido. Pero, la pregunta es, cuál de las dos opciones nos permitiría digerir una mayor cantidad de felicidad en un instante.

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