Simplement, Manel

El joven grupo catalán Manel triunfó ayer en Alcoy. El Teatro Calderón anunciaba, tres días después de que salieran a la venta las entradas para el concierto, que el aforo estaba completo. Insignificante si se recuerda que, en tan solo media hora, se agotaron las localidades para la actuación que el grupo ofreció en el Grec de Barcelona hace unos meses. Pero muy importante para un grupo que, pese a sus recientes éxitos, consigue digerir cada paso que da con la más absoluta normalidad.

Casi 800 personas entonaron y bailaron ayer por la noche al ritmo de “Ai, Dolors”, “Benvolgut” y “Boomerang”, entre otras canciones míticas, en una noche llena de complicidad y empatía. La verdad es que nadie se esperaba una respuesta tan buena. Aparentemente, a Manel se le conoce poco aquí, en la Comunidad Valenciana. Más bien, su carácter intimista parece que obligue a los y las fans a seguirle en silencio, camuflándoles, por decirlo de algún modo; solo lo escuchan en casa, en el coche, con la pareja. Sin pamplinas ni sesiones de canto en la ducha. Tal vez sea para evitar la posible corrupción en los espacios públicos, al entrar en contacto con piezas de reggaeton u otros. La idea hacia quien escucha las letras de Manel se basa en la misma rutina: la persona se ubica en cualquier instante de la rutina cotidiana, como un cumpleaños, pero tiene hasta el mínimo detalle calculado y sabe darle un toque especial.  

Ayer se demostró que eso es solo la teoría, al esfumarse los tópicos. Guillem Gisbert, vocalista del grupo, dejó a todos perplejos, sabiendo convertir el gran recinto alcoyano en su particular sala de estar. Era su voz, su magia; todo. Su particular modo de ponerse de puntillas cada vez que la canción exigía un tono extremo. Una especie de hipnosis parecía tener a todo el público asistente atrapado en una burbuja de emociones, que solo algún inquieto/a amenazó con rasgar mientras lanzaba piropos al tímido catalán. Manel tenía pensado un juego, y sus seguidores se dejaron llevar. La noche comenzó con una canción animada, pero las líneas de las partituras dibujaron momentos y sensaciones para todos los gustos. Al final, los asistentes decidieron acompañar a su ídolo levantándose de sus asientos y marcándose algún que otro baile, en un instante en el que pareció que estaban dispuestos a hacer cualquier cosa que él les pidiera. Manel cautivó con su voz, con la que da forma a esa “nova cançó” catalana, según han definido algunos críticos en Catalunya, y supo traducir todas sus anecdóticas historias en una sola. La que Guillem narraba y cantaba de manera dócil y penetrante, y que se vivía en rigurosísimo directo.

En la práctica, Manel, encarnado en Guillem Gisbert, resultó ser un personaje más de sus canciones; un Quijote de voz galante que cree en su propia historia.

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