Hoy ha sido (está siendo, más bien) un día, cómo decirlo… De mierda. Me he dado cuenta de esto hace un minuto, hace dos no se estaba tan mal. A veces, el viaje de los que vamos en noria es así, caprichoso, que no lo entiende ni su puta madre, vaya. Bajas, subes, subes, bajas. Y no pidas un descanso mientras estás en el aire, que este trasto solamente se para de vez en cuando (en realidad, nos mola tropezarnos con el suelo, porque luego vienen las caricias al cielo). Lo peor, e infructuoso, más veces de las que nos pensamos, es buscarle una razón.
En el camino de descenso, me han entrado ganas de vomitar. Cosas que pasan en las norias, ya. Y antes de pensar sobre qué escribir, he entrado en el blog y me he puesto a rellenarlo, como sigo h-a-c-i-e-n-d-o… El sentimiento ha podido. El hombre (o la mujer) que conduce el trasto se llama Instinto.
Lo bueno de los días de mierda es que los siguientes son la ostia.
Hasta las palabras de este post necesitan una buena dosis de edulcorante.
Voy a cenar.
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Fin del drama.
